El fin del asombro: cuando el mundo dejó de sorprendernos


Vivimos en una época en que todo ocurre… pero casi nada nos conmueve.

Esa es, en pocas palabras, la inquietud que plantea Umberto Eco en su artículo "¿Y si el asombro llegara a su fin?". La pregunta no es menor: ¿qué nos pasa cuando dejamos de sorprendernos?

La saturación que nos anestesia

Hoy tenemos acceso inmediato a información, imágenes, noticias y experiencias de cualquier rincón del mundo. Lo que antes era extraordinario —una guerra lejana, un descubrimiento científico, una obra de arte— hoy aparece en el mismo feed que memes y videos virales.

El problema no es la información en sí, sino su exceso. Cuando todo está disponible, nada parece verdaderamente importante.

Eco advierte que esta sobreexposición genera un efecto tan inesperado como perturbador: la pérdida del asombro. Y sin asombro, algo esencial en lo humano empieza a apagarse.

El peligro de no sorprendernos

El asombro no es solo una emoción: es el motor del pensamiento.

Es lo que nos impulsa a preguntar, lo que nos lleva a investigar, lo que despierta la curiosidad genuina. Sin él, dejamos de cuestionar. Y cuando dejamos de cuestionar… aceptamos todo.

En otras palabras, el problema no es únicamente cultural: también es político y educativo.

¿Qué tiene que ver esto con la escuela?

Mucho más de lo que parece.

En un aula donde todo parece "ya visto", enseñar se vuelve una tarea cada vez más exigente. Los estudiantes están expuestos a tantos estímulos que captar su atención ya no depende solo del contenido, sino de cómo —y desde dónde— se lo presentamos.

Esto nos deja una pregunta clave para pensar como docentes:

¿Estamos enseñando datos… o estamos despertando curiosidad?

Porque educar, en el fondo, es volver a encender el asombro en un mundo que lo fue perdiendo.

Una sociedad que ya lo vio todo… pero comprende poco

Eco también deja entrever algo inquietante: vemos más, pero entendemos menos.

Consumimos información sin procesarla. Opinamos sin profundizar. Reaccionamos sin pensar. Y en ese escenario, el asombro —que implica detenerse, mirar con atención, reflexionar— se convierte casi en un acto de resistencia.

Recuperar el asombro: una necesidad urgente

Quizás el verdadero desafío no sea acceder a más información, sino aprender a mirar como si fuera la primera vez.

Porque cuando todo deja de sorprendernos, dejamos de aprender. Y cuando dejamos de aprender… empezamos a repetir.

Si el asombro está desapareciendo, no es porque el mundo sea menos interesante… sino porque lo estamos mirando demasiado rápido.

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